Laura se había quedado con la habitación más grande de La Madriguera. La misma en la que Oforgen –el falso origen- había nacido hacía apenas seis años. Se puso una cama individual para ganarle más espacio, y porque no pensaba dormir con nadie nunca. Llevaba todo el día paseándose por la zona del bar. Se dejaba ver más que nada. Sabía por el propio Oforgen que había crecido el descontento entre su gente desde que habían traído el árbol. Ja, “su gente”. Tenía gracia.
Esos seres no respetaban absolutamente nada. Mucho menos a una reciente humana convertida de la noche a la mañana en su superior. De todas formas, ella tampoco se sentía como su madre ni nada parecido. Pero en esa sociedad, era comer o ser comido. Y para una vez que podía estar en el bando aristocrático…
Estaba deseando quitarse ese traje negro y pesado. Estaba mucho más cómoda con su vestido de algodón; o simplemente en vaqueros. Quería volver a ponerse los vaqueros, los echaba de menos, pero…
-Madre, los acusados ya han llegado. -Oforgen era mejor hijo que todos los demás monstruos (incluso mejor que su verdadero hijo), pero no sabía llamar a la puerta.
-Ya no son acusados, los he indultado. –Laura estaba cansada de esa falta de intimidad. Es el precio del poder, se dijo una vez más.
-¿Los has absuelto?, ¿cuándo? –Oforgen intentó seguirla tras la mampara, ella le gruñó y él reculó.
-Ahora mismo. –Dijo ella malhumorada dejando caer al suelo el cancán y el corsé negros. No pudo hablar unos segundos de puro alivio.
-¿Ahora cuándo?, ¿por qué?
-¡Porque yo lo digo! ¿Quieres algo más?
-Sí, quería hablar contigo de Patrick. –Laura se sentó en la silla tras la mampara. Otra vez. Siempre lo mismo. Por toda la eternidad.
-¿Qué ha hecho esta vez? –Oforgen se calló un minuto, pensando si contestarle. Mientras tanto, ella aprovechó para concentrarse en el foco de su dolor. Se subió el camisón blanco lentamente. Vio que la sangre había traspasado la ropa interior. Ahogó un suspiro. Se bajó las bragas con cuidado, y al instante vino el hedor.
-¿Se ha vuelto a infectar? –dijo su hijo cambiando de tema bruscamente. –Llamaré al médico.
-No hay médico que valga. –Tiró la ropa al suelo y se colocó el vestido de algodón por encima. Sentía cómo la sangre resbalaba por sus muslos. –Estoy maldita. -Salió de detrás del biombo ignorando la mirada acusadora de Oforgen.-No hay nada que hacer. Tráeme a alguien para comer.
-Laura. –Oforgen clavó sus pupilas en ella, sacudiéndola desde dentro. –Sahara está aquí, deja que te eche un vistazo.
-¿Cuánto tardó Orgen en curarse? Si es que a eso se le puede llamar cura. Esa zorra fue un zombi sangrante durante siglos, hasta que las cicatrices la deformaron y se volvió loca. Yo conseguí la inmortalidad igual que ella. ¿Qué te crees que me espera?
-Por favor, Laura. –Y en sus ojos se reflejó lo más parecido a un sentimiento que alguien de su especie era capaz de mostrar. Laura casi se lo cree.
-Éste es mi castigo. Yo tengo que pagar por la vida eterna, no como vosotros. –Él seguía mirándola igual, sin escuchar. –Deja de hacer como que me va a ir bien. Estoy condenada. Y esto no puede ser.
-Por favor.
-No sirve de nada, es una maldición. Me lo merezco. –Laura cayó de rodillas, abatida por una verdad inquebrantable. Lloraba.
-Por favor.
-Tenía que haber cerrado la puta boca cuando tuve ocasión…
-Te quiero.
-Dile a Sahara que venga. –Lo dijo más por hacerle callar que otra cosa. El chico, que tenía prácticamente la misma edad que su hijo, casi sonrió de alivio. Llevaba tanto tiempo cuidando de ella… Y eso que había empezado siendo al revés.
-¿Qué ha hecho Patrick?
-Nada irremediable. Yo me encargo. –Y se fue sin decir más.
Laura se arrastró hasta el diván rojo que había en la esquina, y se reclinó para quitarse los enormes tacones anchos. Hizo círculos con los tobillos un rato, y luego plantó los pies en la alfombra de pelo negro. Sintió su textura, intentó no pensar en nada más. Aun así notaba la sangre que se agolpaba bajo su sexo. Se había manchado las medias también.
De un salto se puso en pie. Se escrutó en el espejo que tenía sobre la peinadora. Pensaba si debía quitarse la cinta del cuello o no. La cinta era ancha y negra, forrada de una tela de encaje. Iba muy bien con su ropa de Emperatriz oscura, pero su propósito era otro.
Desabrochó el cierre y la retiró suavemente, notando la humedad que luchaba por tenerla adherida. Se esforzaba por no gritar. Sin duda esa herida también se había vuelto a infectar. Notaba las bolas de pus bajo la cicatriz fresca. La piel enrojecida había vuelto a coger el tono oscuro y esa sequedad en los bordes. Y encima no había ninguna droga que surtiera efecto en su cuerpo muerto.
El olor de las pústulas invadió la habitación sin ventanas. Bajo sus pies un pequeño charco oscuro en el que no dejaban de caer gotas calientes y espesas. Joder que necesitaba a Sahara. Ésta apareció como si la hubiera escuchado.
-¡Dios! –Se echó la mano a la cara para taparse la nariz y la boca.
-¿Querrás decir “Satán”? No aguanto a los blasfemos. –Soltó una carcajada contenida, porque el dolor no le permitía nada más escandaloso. –Estoy hecha una puta mierda, ¿eh? –La otra se sentó y empezó a examinarla sin más.
-¿Has oído ya lo de Patrick? –Dijo Sahara en un intento de distraerla del dolor de la extracción del pus del cuello.
-Patrick… ¿por qué coño le pondría ese nombre? –Intentaba quedarse quieta, pero todo su cuerpo intentaba aplastarle la cabeza a Sahara para que parara.
-Porque creías que amabas a ese tío. Menos mal que se te pasó.
-Sí, pero entre tanto le llené la cabeza a mi hijo de gilipolleces, y el muy imbécil se las creyó. Y ahora no escucha nada más. De verdad se cree que es hijo suyo. –Sahara intentó contener una risa compasiva.-No, puedes reírte si quieres. El muy gilipollas cree que Patrick era el verdadero Creador.
-Entonces no le digas nunca que es clavado a Omikin. Tan estúpido como él.
-Sí, nunca salen a sus madres. –Se quedaron en silencio por un rato, intentando hacer el menor ruido posible. Nadie debía saber qué pasaba. Podían sospechar, pero nada más.
-Emperatriz-
-Laura, por favor. Mi nombre es Laura.
-Laura. Quería saber si te has pensado lo que te pedí. –La chica apretó los dientes al sentir el pus maloliente salir a presión de debajo de su piel. No era el dolor lo que le jodía, a eso medio se había acostumbrado. Era saber que Sahara no pararía hasta conseguir lo que quería. Laura guardó silencio, y Sahara lo aceptó de momento.
Ya estaba colocándole la gasa limpia en el cuello cuando Laura decidió a sacar el tema más polémico. La miró desde abajo, sus facciones desfiguradas por culpa de las sombras de las luz cenital de la lámpara.
-¿Y ese pañuelo? ¿Ahora eres hippy o qué?
-Me he rapado.
-¿Cómo? –Todos los peores temores de Laura se hicieron realidad de golpe.- No, ni lo sueñes. Eres demasiado valiosa. No puedes-
-¿Demasiado valiosa? Se ve que no lo suficiente.
El silencio se volvió a apoderar de la atmósfera. Un silencio pesado y meditado. Sahara lo usaba para ganar terreno en la discusión, Laura para evitar el miedo a perderla. Y el miedo a retenerla. Pensaba en todas las posibilidades con la mirada perdida, al tiempo que las pústulas de su vagina palpitaban dolorosamente. Sahara la acomodó en el diván sobre una sábana desechable verde. Se ajustó los guantes y su superior tembló levemente.
- Baja un poco el culo. Perfecto. Abre bien. Relájate.
- ¿Por qué me haces esto?- Cada vez le resultaba más difícil ocultar su desesperación.
- No te hago nada. Ya lo sabías.
- No es justo, haces como si fuera mi culpa. –Sahara raspó con el instrumental y Laura reprimió un grito. Otra lágrima resbaló por su mejilla. Sahara se preguntaba qué clase de dolor era en ese preciso momento.
- Porque es tu culpa. –Se detuvo un segundo para coger gasas limpias y la emperatriz pudo respirar. Antes de seguir el trabajo le pasó un trapo de mala gana, y ella lo mordió.- Es tu culpa que el conocimiento se desaproveche –siguió con su discurso sin prestar atención a Laura- y es tu culpa que exista gente como Junior. Es tu culpa que tengamos que jerarquizarnos. –Levantó la vista un segundo y se encontró de golpe con los ojos abiertos de Laura: tristes, atentos, suplicantes. Hizo el gesto de acariciarla, pero Sahara fingió no darse cuenta.- Cuando sólo existíamos los fuertes, la vida era más sencilla. Por tu culpa.- Repitió, esta vez en voz baja.
- ¡Ya basta!- La emperatriz escupió el trapo y salió del diván dándole una patada. -¿Qué quieres? –Se giró enfadada para enfrentarse a la mirada acusadora de su Ilustrísima. -¡¿Qué coño quieres?! –La sangre le resbalaba rodilla abajo, las manos en alto, los ojos desencajados.
-Ya lo sabes.- Le contestó Sahara con tranquilidad.
- No sé si podré aguantarlo. Sé que no podré aguantarlo. –Las rodillas le fallaron.- Es cirugía… y no hay droga que tenga efecto en mi organismo. ¡Estoy muerta! –Gritaba como si no hubiera caído en ese detalle antes.
-Dame una cobaya. Yo buscaré la forma.
-¿Y qué ganaremos con eso?
-Conocimiento. Seguro que nos lleva a algún lado. –Laura seguía allí de pie, sangrando, como perdida. Sabía que la había convencido.- Elige a la cobaya, y dale esto –le alargó un frasco lleno de líquido transparente- y yo me encargo del resto. Será mejor que dejemos esto para más tarde.
Sahara se dio la vuelta, y salió de la habitación sin volver a mirarla. Laura permaneció un rato allí de pie, entre las gasas sucias, sin saber qué decir. En el suelo empezaba a formarse un charco. Y de nuevo se sintió humana, vulnerable, frágil. Se sacudió todos esos sentimientos y empezó a recoger. Oforgen volvió a interrumpirle.
-Laura, ¿cómo estás? –Tenía ganas de lanzarse a sus brazos y llorar. En lugar de eso se mantuvo erguida y farfulló un “bien” bastante convincente. No podía cruzar esa línea. Ya eran demasiadas. –Sólo venía a avisarte de que en media hora empieza la ofrenda al Árbol Sagrado. Hoy asiste todo el comité, con los indultados. -Laura se había olvidado por completo de los meapilas que ella misma había dejado entrar en la comunidad oscura.
Había sido una decisión muy discutida. Por eso mismo debía mantenerla. No quería que nadie cuestionara su autoridad. Tampoco quería estar sola ante esa banda de desalmados, por eso se había hecho con ese pequeño ejército personal. Y les permitía que llamaran a aquello “religión” porque la gente con fe era mucho más dócil y manipulable. Eso se lo había enseñado el cura de su parroquia de pequeña.
-Perfecto. Recogeré esto y salgo en seguida. Yo…- Se acercó. Podía oler su pelo húmedo, y su aliento de sangre. Notaba el calor que desprendía y oía sus corazones agitados. Sabía que latían por ella.
-¿De verdad estás bien?
-Sí, claro. ¿Acaso me tomas por una frágil humana? –Se fue tras el biombo y comenzó de nuevo la dura tarea de vestirse. Esperó a escuchar que se había marchado para dejar que las lágrimas volvieran a brotar de sus ojos. Estaba cansada.