En el pasillo todo era un caos silencioso que pasaba a cámara lenta para mí. Las únicas luces que pude ver fueron el fuego de algunos corpos con los que habían experimentado, y los láseres de los soldados que quedaban con vida. De repente escuché que una puerta se cerraba en la parte delantera del campamento. Eché a correr entre aquellas criaturas modificadas sin hacer caso a los gritos que oía de vez en cuando, ni a los muertos que había en el suelo, ni a los soldados que intentaban dispararles. Sólo podía ver la luz de la salida de emergencia al fondo del largo pasillo, y de vez en cuando escuchaba el ruido ambiental de fuera, lo cual me indicaba que la puerta seguía abierta.
Cuando al fin llegué a la salida, me topé con el chico salamandra que había visto en aquel pasillo infernal. Tenía a un soldado bajo sus pies y devoraba la parte orgánica de su ser a mordiscos. Levantó un segundo su cara ensangrentada y me sacó la lengua, un fino músculo bífido. Me sentí más mareada aún, y salí tambaleándome. Fuera me esperaban cuatro o cinco soldados que montaban guardia. Se me nubló la vista y volvieron los temblores. Les dio tiempo de sobras de dispararme, pero no lo hicieron. Se acercaron a mí lentamente. Un grito gutural, y había tres más rodeándome. Si no me controlaba iba a empezar a convulsionar otra vez. Tenía que liberarme. Uno de ellos perdió la paciencia y sacó el arma, y entonces grité.
La misma sensación liberadora y el mismo efecto. Los guardas cayeron a la par con las manos en los oídos, hasta que estuvieron inconscientes, supuse. Entré al fin en el Edificio Mayor, que se encontraba junto a mí, y subí a toda prisa las escaleras hasta la Sala Central. Cuando llegué al final del trayecto me mareé y me tumbé en el suelo. Poco a poco el pitido de los oídos desapareció y pude fijarme en dónde estaba. Era una sala grande llena de ordenadores y monitores. Una enorme pantalla en el centro, ahora desconectada. Había varias puertas abiertas. Me senté en el suelo y me concentré en mirar las cosas sin que dieran vueltas. Una daba a los baños, otra a una pequeña cocina, otra era un escobero. La última estaba casi cerrada y estaba llena de viejos archivadores. Archivadores en la Era Digital, tenía gracia.
Dentro, no parecía que hubiese nada fuera de lo normal. Ni una pista de dónde tenía que insertar las tarjetas. Recorrí la pequeña habitación con la mirada varias veces, hasta que al fin lo vi. Era uno de mis diseños. Una pequeña mariposa bicéfala con las alas finas y las patitas plegadas. Alguien -Mark, supuse en seguida- me lo había robado y lo había pegado con cinta adhesiva a un archivador. No sé si era una señal para mí, o es que se me cayó y le gustó. Cada vez me parecía menos casual haberme encontrado con él aquella noche tras la fiesta. Lo moví de su sitio, y allí encontré el panel. Tres de las cinco pequeñas ranuras ya estaban tapadas. Seguramente las estrellas invisibles vinieron nada más estalló la guerra, antes de que construyeran el campamento portátil. Las dos claves estaban frescas en mi mente a pesar del estado general de confusión en el que me encontraba desde que me pincharon. Terminé y nada sucedió. Me sentí insignificante de nuevo.
Sobre el panel había una extraña piedra negra pequeña y redonda. Tiré de ella. Salió con facilidad. Parecía que era una especie de anillo de un material parecido al de las esposas que me habían puesto los alienígenas. Era muy grande para mí, pero de todas formas me lo probé. Para mi sorpresa, se ajustó automáticamente al grosor de mi dedo. No hizo nada más. De repente me vino a la cabeza lo que Mark había dicho de que en este trabajo no hay recompensas, y me lo intenté quitar. Pero era imposible.
También pensé en todo lo que había perdido y lo que me quedaba por perder. La única misión que quise hacer siempre era morirme, yo sabía que ya no iba a morir. Me tocaría vivir todo el horror. No era justo, merecía morirme después de todo lo que había hecho. ¿Por qué no vivía Ana o Hugo, o Mark, en mi lugar? Una furia inexplicable se apoderó de mí y comencé a subir escaleras para evitar volver a gritar.
Llegué hasta la azotea. Un ruido detrás de mí me puso sobre aviso. Era el niño lagarto, que me seguía. Cerré la puerta de un grito y me senté a llorar un rato. Me hice polvo las manos dándole puñetazos al suelo de la impotencia. Cuando me calmé un poco miré por encima de la barandilla y mi furia aumentó. Completamente a oscuras, la medusa desprendía ahora un humo negro infernal. Los soldados se agolpaban en las entradas, intentando retener a los estudiantes que querían salir de allí. Y nada pasaba. ¿Debería ir yo misma a la reclusa del río?
Alice in Wonderland
Hace 5 horas












