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Capítulo X: El infierno blanco (VI)

En el pasillo todo era un caos silencioso que pasaba a cámara lenta para mí. Las únicas luces que pude ver fueron el fuego de algunos corpos con los que habían experimentado, y los láseres de los soldados que quedaban con vida. De repente escuché que una puerta se cerraba en la parte delantera del campamento. Eché a correr entre aquellas criaturas modificadas sin hacer caso a los gritos que oía de vez en cuando, ni a los muertos que había en el suelo, ni a los soldados que intentaban dispararles. Sólo podía ver la luz de la salida de emergencia al fondo del largo pasillo, y de vez en cuando escuchaba el ruido ambiental de fuera, lo cual me indicaba que la puerta seguía abierta.
Cuando al fin llegué a la salida, me topé con el chico salamandra que había visto en aquel pasillo infernal. Tenía a un soldado bajo sus pies y devoraba la parte orgánica de su ser a mordiscos. Levantó un segundo su cara ensangrentada y me sacó la lengua, un fino músculo bífido. Me sentí más mareada aún, y salí tambaleándome. Fuera me esperaban cuatro o cinco soldados que montaban guardia. Se me nubló la vista y volvieron los temblores. Les dio tiempo de sobras de dispararme, pero no lo hicieron. Se acercaron a mí lentamente. Un grito gutural, y había tres más rodeándome. Si no me controlaba iba a empezar a convulsionar otra vez. Tenía que liberarme. Uno de ellos perdió la paciencia y sacó el arma, y entonces grité.
La misma sensación liberadora y el mismo efecto. Los guardas cayeron a la par con las manos en los oídos, hasta que estuvieron inconscientes, supuse. Entré al fin en el Edificio Mayor, que se encontraba junto a mí, y subí a toda prisa las escaleras hasta la Sala Central. Cuando llegué al final del trayecto me mareé y me tumbé en el suelo. Poco a poco el pitido de los oídos desapareció y pude fijarme en dónde estaba. Era una sala grande llena de ordenadores y monitores. Una enorme pantalla en el centro, ahora desconectada. Había varias puertas abiertas. Me senté en el suelo y me concentré en mirar las cosas sin que dieran vueltas. Una daba a los baños, otra a una pequeña cocina, otra era un escobero. La última estaba casi cerrada y estaba llena de viejos archivadores. Archivadores en la Era Digital, tenía gracia.
Dentro, no parecía que hubiese nada fuera de lo normal. Ni una pista de dónde tenía que insertar las tarjetas. Recorrí la pequeña habitación con la mirada varias veces, hasta que al fin lo vi. Era uno de mis diseños. Una pequeña mariposa bicéfala con las alas finas y las patitas plegadas. Alguien -Mark, supuse en seguida- me lo había robado y lo había pegado con cinta adhesiva a un archivador. No sé si era una señal para mí, o es que se me cayó y le gustó. Cada vez me parecía menos casual haberme encontrado con él aquella noche tras la fiesta. Lo moví de su sitio, y allí encontré el panel. Tres de las cinco pequeñas ranuras ya estaban tapadas. Seguramente las estrellas invisibles vinieron nada más estalló la guerra, antes de que construyeran el campamento portátil. Las dos claves estaban frescas en mi mente a pesar del estado general de confusión en el que me encontraba desde que me pincharon. Terminé y nada sucedió. Me sentí insignificante de nuevo.
Sobre el panel había una extraña piedra negra pequeña y redonda. Tiré de ella. Salió con facilidad. Parecía que era una especie de anillo de un material parecido al de las esposas que me habían puesto los alienígenas. Era muy grande para mí, pero de todas formas me lo probé. Para mi sorpresa, se ajustó automáticamente al grosor de mi dedo. No hizo nada más. De repente me vino a la cabeza lo que Mark había dicho de que en este trabajo no hay recompensas, y me lo intenté quitar. Pero era imposible.
También pensé en todo lo que había perdido y lo que me quedaba por perder. La única misión que quise hacer siempre era morirme, yo sabía que ya no iba a morir. Me tocaría vivir todo el horror. No era justo, merecía morirme después de todo lo que había hecho. ¿Por qué no vivía Ana o Hugo, o Mark, en mi lugar? Una furia inexplicable se apoderó de mí y comencé a subir escaleras para evitar volver a gritar.
Llegué hasta la azotea. Un ruido detrás de mí me puso sobre aviso. Era el niño lagarto, que me seguía. Cerré la puerta de un grito y me senté a llorar un rato. Me hice polvo las manos dándole puñetazos al suelo de la impotencia. Cuando me calmé un poco miré por encima de la barandilla y mi furia aumentó. Completamente a oscuras, la medusa desprendía ahora un humo negro infernal. Los soldados se agolpaban en las entradas, intentando retener a los estudiantes que querían salir de allí. Y nada pasaba. ¿Debería ir yo misma a la reclusa del río?

Capítulo X: El infierno blanco (V)

Conforme me acercaba a la zona donde antes había estado prisionera, veía el fuego y el humo que había dejado tras de sí la explosión. Desde luego hubo un fallo en los cálculos y fue desmesurada. Crucé los dedos para encontrar a Mark con vida. Estaba en un rincón de la celda acurrucado, ya casi extinguido el fuego de las paredes. Uno de los búlgaros había huido, pero el otro se hallaba junto a Mark. Le di la vuelta, y no respiraba. La explosión le había abrasado la cara. A Mark le había afectado en toda la espalda y le había quemado parte de la cabeza. Lo giré asustada, y respiré al fin cuando vi que abría los ojos. No parecía que estuviese grave, aunque sí muy dolorido.
-Bogdan se ha ido, se lo he pedido yo. Quería traer asistencia médica, pero le he dicho que se olvide de mí y corra todo lo que pueda. Si esto no termina esta noche, prefiero no vivir más.
- Tranquilo, tengo dos claves. Dame tu tarjeta y me ocuparé de todo. En medio de este caos será fácil llegar al río. Todo se va a solucionar. – Por una vez lo decía convencida.
-No podrás salir de aquí. Van a sellar toda la zona en cuanto contengan el caos. Luego irán a por los rebeldes que queden. Los humanos estamos siendo un problema demasiado grande, nos van a exterminar. Seguro. –Parecía una profecía, porque tal como dijo eso las luces se apagaron de golpe. Un grito colectivo fue la respuesta de los rehenes. Sólo podía palparle el rostro a Mark en la oscuridad mientras me hablaba. – Sellarán las puertas y ventanas y os gasearán, como hicieron con los supervivientes de las explosiones.
-Pues vamos rápido, salgamos de aquí de una vez.- Intenté ayudarle a levantarse, pero me lo impidió. Cogió mi mano y se la llevó al costado. Un trozo de metal había salido desprendido por la explosión y se le había incrustado. Lo tenía aproximadamente en el hígado y sangraba profusamente. Si me concentraba podía sentir la hemorragia, cómo la vida escapa de su cuerpo con pavor. – Tienes que llegar antes de que cierren, no hay tiempo de verme morir. – Me puso la tarjeta en la mano, luego la extendió hasta mi rostro.- Me alegro de haber podido contar con tu ayuda, eres un arcoíris realmente precioso.- Iba a hablarle pero me tapó la boca.- Haz tu misión y espera un milagro, no podemos hacer otra cosa. Créeme, si lo haces bien, funcionará. Y ahora vete.- No podía parar de llorar y abrazarle.- ¡Vete!- Se puso furioso de golpe y me empujó. Salí más confundida aún de aquella habitación. Volvió el silencio sepulcral a mis oídos, y se rompió por una ráfaga de llanto de Mark cuando salía por la puerta.

Las pupilas no mienten


“… Y entonces él me miró, y sus pupilas se clavaron en las mías como agujas de vudú; trayendo consigo la muerte y la mala suerte. Y las nubes vinieron de pronto invadiendo el espacio con su espesa presencia; el ambiente oscuro y pesado y su mirada alta, clavada, alzada… me estaba haciendo daño. El tiempo se dio la vuelta y pronto era niña de nuevo jugando con mis viejas muñecas cohibida por su presencia profunda, ya era vieja débil y fantasiosa expirando en un sucio lecho, sin pena ni gloria. Pero nunca era yo, la tierra se secaba a mis pies a medida que me mojaba la lluvia, que ya no se precipitaba a estrellarse contra mi cuerpo, cual reptil viperino que escala a la cima de una montaña, hasta ser devuelta a la densa nube que ruge sobre mis hombros. Y él me sigue mirando. Todo es extraño. Todo está desierto, nadie existe salvo su mirada, que se separa de su ser y me persigue mientras corro atravesando la soledad inanimada de las calles. Y él me mira, aún, escondido en cada rincón desierto, cada refugio oscuro, cada lugar que guarde un hueco aunque ese cobijo que halle esté en mi propia mente, en mi cuerpo, quizá habita en el fondo de mi alma…. Tal vez ya no exista. No puedo verle, ni él a mí; pero me mira. He andado demasiado tiempo, demasiado lejos, demasiado oscuro… sigo sintiendo que me mira. Y si no lo hace, me recuerda en su mente y es en la mía como si estuviera pasando. Tal poder tienen sus pupilas.
Tápate los ojos pronto, niño, tápatelos que me das miedo. ¿Es posible que un mirar se clave más que un cuchillo? Han pasado muchos años y noto que me sigue mirando. Sus ojos, de color indescriptible, me han llevado a la locura, desde la que escribo: lo peor se esconde tras sus párpados infinitos.”

Capítulo X: El infierno blanco (IV)

Salí al pasillo, donde una oleada de gritos de soldados se estrelló en mi tímpano. La explosión que Mark había provocado había sido más fuerte de lo esperado. Los estudiantes atrapados estaban histéricos. Busqué por la pared hasta dar con un panel de control, funcionaba con una tarjeta. Al final del pasillo un soldado con el científico se acercaban a mí. No había manera posible de que liberara a aquellas personas, tampoco de escapar de aquella encerrona. Pronto el soldado me tendría a tiro y me dispararía. Tuve que sentarme porque con la presión de aquella situación me estaba volviendo a marear.
El tiempo se acababa. Veía a la muerte acercarse hacia mí, y las terribles consecuencias. Cientos de jóvenes condenados a autodestruirse en una caja, un proyecto por el que muchas personas estaban dispuestas a dar la vida desvaneciéndose entre mis dedos. Los gritos de los enjaulados me estaban volviendo loca, el soldado ya con la pistola láser al hombro. Empecé a ver borroso de nuevo y otra vez me pitaban los oídos. Ahora era cuando la droga estaba haciendo efecto de verdad, ¿qué me mataría primero?
No podía soportarlo más, y grité. Grité como nunca antes había gritado, descargando toda mi rabia. Con ese grito lloré a mi familia por primera vez, a mis amigos perdidos, a mi misión incompleta. Me desahogué. Tuve que taparme los oídos para soportar mi propio grito. Cuando abrí los ojos, el soldado y el científico se hallaban en el suelo, y los estudiantes fuera de las jaulas. Habían tomado los pasillos como fieras salvajes, y corrían sembrando el caos. Varios de ellos se abalanzaron sobre las criaturas y las intentaban descuartizar con sus propias manos. Me levanté tambaleándome y corrí por el largo pasillo. Todavía me daba vueltas la cabeza y me sentía muy débil, pero no podía parar ahora.

Un mal día


Recuerdo hoy con nitidez una tarde (o una mañana, quién sabe) de mi infancia. Estaba saltando sobre la cama de mis padres mientras me miraba en el espejo redondo sobre la peinadora de mi madre.No tenía más de cinco años, y era feliz. Mi madre me gritaba que me estuviese quieta, pero no podía oírla con mi propia risa. De pronto perdí el control y caí de bruces al suelo. Mi madre se me acercó y con un tono calmado me dijo "te ha castigado Dios". Desde entonces no dejo de pensar que Dios odia que nos sintamos vivos, aunque ese no era el mensaje original de mi madre, evidentemente.Cada vez que experimento ese tipo de felicidad fácil y casi absurda, pasa algo de pronto que me sume en la más profunda miseria. Sin duda Dios intenta atarme a ese estado de ánimo.
Más tarde vinieron las clases de religión y la catequesis, y de verdad llegué a sentirme culpable por divertirme o pensar en mí misma de vez en cuando. Todo en lo que había basado mi existencia hasta entonces parecía ser pecado, así que resumí mi vida a una serie de aburridas tareas propias de la niña de bien que era.Aún hoy repito a diario muchas de esas tareas con la inercia propia de años de práctica, la mayor parte del tiempo ni siquiera me doy cuenta. Por eso no sé decir que no o provocar una discusión, por eso hasta el más profundo desagrado por alguien lo escondo tras una sonrisa. Odio esa parte de mí misma.Es una clase distinta de cobardía que prefiere sacrificarse a uno mismo en lugar del otro, como si el prójimo tuviera más derecho a vivir que yo.
Pero años después profundicé un poco más en el papel de la religión en la sociedad y me di cuenta de que tras ese Dios no había más que hombres. Entonces descubrí el engaño en el que había vivido tantos años, y que resumían mi existencia a lo que yo hiciera de ella. En aquel momento un millón de posibilidades se abrieron ante mis ojos:el fascinante mundo de la autoexploración de mi alma, la unión con la naturaleza, la comprensión del prójimo como igual (nunca superior ni inferior, sin dejar que ello influya en mi amor propio o mi autoestima)... Todo eso sonaba genial en mi cabeza. Y con todos esos parajillos en mi cabeza me fui al único lugar donde poner alas a mis ansias de conocimiento: la Universidad.
En mi último año de carrera vuelvo a llevarme la misma desilusión que cuando descubrí que ser cura era un oficio y se cobraba por ello. Escuchad esto y recordadlo porque es la verdad más grande que jamás os dirá nadie: NINGUNO SOIS DUEÑOS NI DE VUESTROS PROPIOS PENSAMIENTOS. La mayoría de las cosas que sabemos o pensamos ya las dijo o pensó otro antes, nuestra originalidad no es más que una pequeña variante en una idea ya existente, posiblemente preexistente aunque nunca viera la luz del día.Los estudios no son más que un adiestramiento para la mecánica vida moderna (el Plan Bolonia es una prueba fehaciente de esto, y no me jodan los que están a favor con sus ventajas: lo estoy viviendo y es una mierda. Al menos en mi carrera quedan asignaturas para el análisis y la reflexión, aunque no sobrevivirán al nuevo plan). A nadie le importa un carajo si tienes ideas buenas o innovadoras: todo lo que hagas siempre se medirá en función del dinero que produzca. Sólo envidio de los ricos la cantidad de tiempo libre que tienen para ser quienes quieran, y se pasan la mayoría de éste contando sus billetes y regocijándose en las ventajas que éste les da. Una vida insípida para formas de vida simples.
No sois más que un número, una minucia, una repetición cíclica constante y desapercibida en el enorme caos del universo.
Aún así, estamos vivos. Originales o no nuestros pensamientos, deseos y gustos son lo único sobre lo que realmente decidimos, y la mayoría de las veces es la presión social la que habla por nosotros. Haced lo único que es gratis: sed vosotros mismos. Y ya que nada es nuestro, no tenemos nada que perder.
Tras este largo discurso que mucho tacharán de cínico(de qué tiene que quejarse una chica joven que vive en la parte rica del mundo)dejo constancia de toda la mierda que se guarda en el fondo de mi alma producida por el roce con el mundo y con mis queridos coetáneos a los trato con la punta del pie cada vez que se alinean los planetas. Ya más tranquila, aunque no menos miserable, me voy a prepararme un examen, porque según mis profesores no debería gastar un segundo de mi vida en nada que no fuera prepararme sus clases o estudiar algo relacionado con sus asignaturas (eso de vivir, hablar con la gente o pensar en algo que no haya escrito un gran autor de un país civilizado queda lejos de su definición de "cultura" por lo visto).
Un saludo a todos y perdón por robaros minutos de existencia con algo tan trivial como una reflexión que no lleva a ninguna parte.

Paranormal Activity


A estas alturas de mi vida ya debería saber que las cosas que compramos NUNCA son tan buenas como dicen en el anuncio. Pero soy tan inocente y me gusta tanto engañarme a mí misma que todavía me sigo haciendo ilusiones con todo. Bien, lo diré en alto una vez más para terminar de convencerme a mí misma: los trailers y la publicidad te crean unas expectativas de las pelis que nunca llegan a cumplir.
Aunque no debemos ser demasiado críticos con este asunto: la culpa no es de la peli, es de la publicidad.¿De verdad hace falta recordarnos el estreno de una peli tantísimas veces? ¿Puede ninguna obra de las que llenas los carteles publicitarios de nuestras ciudades realemente merecer tales atenciones?
Otra vez más, no estamos ante la peli del siglo, pero no podemos culparlos por haberlo intentado. De todas formas obtendrán su recompensa por habernos engañado: una gigantesca recaudación. No cabía un alma en la sala.
Dejando a un lado que NO es la pelicula más terrorífica del año, tampoco es como para arrepentirse de haber ido a verla. Como todas las peli-documentales, requieren un poco de paciencia al principio mientras el director consigue meterte en la historia. Por desgracia, la paciencia no es lo que más destaque del público sevillano (risas, charloteo y canorreo variado en los primeros minutos es inevitable en esta ciudad). Después de eso, la historia se mueve muy lentamente hacia un único punto cuyo fin es el efecto maravilloso final de esta película. Sólo por ver esa escena merece la pena todo lo demás.
Me sorprendió de esta peli el cambio de ritmo tan brusco a mitad de la acción que me descolocó, aunque algún que otro momento estaba demasiado claro que algo iba a pasar. Aunque eso también era parte del efecto: sabes que pasará algo pero no el momento exacto en el que sucederá, ni qué será. Al contrario que otras pelis de miedo basada en gritos y apariciones previsibles dividida en varios puntos claves que dejan de tener gracia después del primero, ésta pone toda su energía en crear una actitud en el espectador para que el único gran golpe final tenga el efecto deseado, y lo consigue. Miedo psicológico del bueno, aunque un poco efímero en mi caso (sin pesadillas siquiera). Aunque no sé si el efecto memoria de mi subconsciente me jugará alguna mala pasada en el futuro y me sorprenderé la semana que viene oyendo la nada en plena madrugada.
Nota para sonámbulos: como una de los vuestros, empecé a plantearme mi propio comportamiento cuando duermo al ver una de las escenas. Muchas veces me he despertado y estaba de pie en medio de la habitación, ¿por cuánto tiempo estuve así? Os aconsejo verla si queréis preguntaros lo mismo.

Noches largas


Tumbada en mi dulce camastro
Y de mil sombras tristes bañada
Oigo una voz quebrada
Pasando a través de la ventana;
Es la voz de las noches largas
Que parece que nunca acaban.

Las noches largas me cuentan
Que me llama la nostalgia,
Que el miedo se cansó de mí,
En las noches largas descubro
Si temo a la muerte
O al fusil.

En el letargo de una noche
Sin fin
Los fantasmas que aún siguen vivos
Vienen a morir,
Mueren con ellos esperanzas
O el miedo a morir.

A veces, en las noches largas,
Todo sale a relucir,
Y en otras todo se acalla
Entre las sombras disimulado,
Sombras que nunca se aclaran
Y ponen color y textura
A todas mis noches largas.

Son tan largas estas noches
Que aunque fuera luzca el día
En mi mente pesa sombría
La noche más larga de mi vida,
Y aunque mis ojos parece que ven,
Estoy dormida.

Y salgo a la calle y camino.
Entre luces inexistentes,
Sombras mentales y sueños
Todos ven correr mi sino,
Pero yo ya no veo nada,
Toda deslumbrada por
La luz inexistente de
Mis noches largas.

Si de mis noches largas despertara
Y viera por vez primera
El sol,
Mi alma se asustaría,
Pues son las noches largas
Las que alimentan mi vida,
Mi pensar y palpitar,
Y es que en las noches cortas
No se puede ni pensar.