domingo, 8 de enero de 2012

Viaje a Londres

Dos días después, Sahara salía del Casino Royal con un séquito de botones y lameculos varios. No era una mujer demasiado habladora, ni siquiera disfrutaba la compañía de otros, pero su rango le exigía ir siempre protegida. Por eso había decidido cambiar de profesión.

Llevaba varias semanas discutiendo con la Emperatriz sobre ello. Que si Sahara te necesito, eres demasiado valiosa; no puedes dejarme sola con Irina y los demás… Lo cierto es que le importaba una mierda todo. Estaba hasta el moño de tanto vampiro novato, de los juicios, de rellenar actas, de no cazar como Satán manda… sobre todo estaba cansada de la sociedad. Y de los zapatos. No entendía este nuevo paso en la historia de su propio pueblo.

Pensando en todo esto, entró en el taxi que le esperaba en Las Vegas Boulevard. No podían simplemente fingir que eran humanos, siguió con su retahíla mental mientras el taxista le echaba una mirada significativa. Iban escoltados por dos coches negros. “Soy Palo de Nata, y voy a llevarla al aeropuerto, su Ilustrísima”, le dijo el hombre antes de seguir la marcha. También odiaba esa parte en la que tenía que relacionarse con los humanos más allá de secarlos por dentro. No era natural.

Sahara no quería que nadie le chupara el culo, ni que la veneraran, ni que le temieran. Ella sólo quería beber sangre fresca, y que alguien le financiara sus investigaciones. Pero Laura parecía haberse olvidado por completo de ella. Sólo sabía mandarle, dirigirla, hablarle como si de verdad fuera su superior. Pero cuando le propuso la cirugía exploratoria… Casi la manda decapitar. Qué humor tenía esa mujer. Los humanos definitivamente están locos, dedujo Sahara para sí, pues hoy le daré un ultimátum, y como me diga que no… Bueno, no puede decir que no. Soy okora de segunda generación, joder.

Y antes de que pudiera deducir nada más, se abrió la puerta del coche y asomó Irina en un largo vestido ceñido color champán. Sahara no la miró ni la saludó, como solía ser costumbre en su especie. La idiota de su ex era de esas flipadas de las costumbres de los vivos. “Buenas noches, su Ilustrísima. Parece que viajamos juntas a Londres”. Sahara se recogió el pelo con parsimonia para disimular su ansiedad. Se echó a un lado para hacerle sitio a Irina, mirando por la ventanilla todo el tiempo. “Ah, sigues sin hablarme. Voy a tener que matar a alguien para ir a juicio, así me hablarías”.

Sahara quería decirle que no era un crimen que un okora matara, porque estaba en su naturaleza, y que jamás la citarían por eso. No lo dijo. Se negaba a entrar en su juego. “Por supuesto que no lo harían. Si no, no tendrías un minuto de descanso”, contestó la rubia a su comentario no formulado. “Jack, aquí. Mira que es despistado y torpe este novato…” ¿Entonces por qué te interesa tanto?, pensó Sahara intencionadamente.

El tirillas del juicio de hacía dos días entró en el taxi en silencio con los ojos gachos. Tenía mucho mejor aspecto. Sin duda Irina le había estado enseñando los secretos de la caza. Sin que nadie se enterara, como siempre. El chico había recuperado algo de color, y podía sentir su corazón palpitando con la sangre prestada. No dijo nada ni hizo gesto alguno. Sahara podría disfrutar su compañía.

“Ah, Jack”, empezó de nuevo la rubia uno de sus temible monólogos, “te va a encantar Londres. Bueno, si te dejan vivir, claro. La vida es mucho más sencilla en Europa. La gente mucho más confiada, y más tranquila. Están más predispuestos a abrirse a un extraño. El viejo continente… oh, cuántos recuerdos”. Irina siguió un ratillo así, pero el chico parecía no escucharla. Sahara sabía que quería decirle cuatro cosas, pero simplemente no se atrevía, así que habló por él.

“Cállate, Irina. A Jack no le interesa lo que hayas vivido en tu mierda de vida en Europa. Quiere vivir, y quiere estar lejos de ti. Como todo el que te conoce”. El conductor comenzó a soltar un montón de tacos, al tiempo que Irina sonreía. “¿Qué es lo que estás ocultando, Irina? ¿Qué tiene este chico que nadie más puede saber?” Jack se volvió con interés para mirarla a la cara, y la rubia le sostuvo la mirada desafiante.

“Ése es mi poder. El conocimiento es poder, y tú, Sahara, lo sabes mejor que nadie. ¿Qué se siente siendo una don nadie? ¿Qué tal llevas tener que prostituirte por el saber, mientras a mí me viene solo, como un don natural?” Aquellas palabras quemaban a Sahara por dentro, grabándose a fuego en su memoria. Ya formarían para siempre parte del historial de su odio hacia Irina.

“Puedo leer las mentes, bueno, no exactamente. Sé cosas de la gente sólo con mirarlos”, habló Jack para sorpresa de las dos. Sahara podía ver las ganas de matarlo en el rostro de Irina. Envidia, hasta Sahara podía leer eso. “Sé…”, el chico agachó la cabeza un instante, y luego se envalentonó, “sé que Irina espera que me ejecuten, y si no lo hará ella misma después”. El silencio se hizo frío en aquel coche, y sólo se escuchaban las maldiciones constantes del conductor. Antes de que la conversación pudiera seguir, estaban en el aeropuerto y tenían que bajar.

Unas horas después, más de las que Sahara podía soportar en un sitio lleno de humanos, estaban sentados en la cabina de primera clase. Solos Irina, Jack, Sahara, y los seis sirvientes-guardaespaldas. Era gracioso, que pusieran guardaespaldas para proteger a las dos okoras más antiguas y peligrosas del reino. Bueno, dos de las más peligrosas, pero a Irina no le gustaba hablar de ello.

Jack se había sentado junto a Sahara en un burdo intento de buscar su comprensión y simpatía. Ella le había ignorado activamente. Se veía que aquello era suficiente para él. Irina volvió del baño despeinada seguida por una de las azafatas, que sonreía tontamente sin saber por dónde andaba. Le soltó un último beso antes de abandonarla a su propia consciencia, y entonces la chica comenzó a llorar y salió de allí.

Se sentó frente a ellos relamiéndose los labios aún rojos, y comenzó a hablar de golpe. “Yo descubrí mi don de la misma forma que tú, Jack. Estaba en una situación de vida o muerte, y simplemente afloró”. Se echó para adelante en su asiento, y el joven vampiro pegó la espalda al suyo. “Somos muy afortunados. La mayoría de la gente no tiene nada de especial, y simplemente se muere; pero nosotros sobrevivimos. ¿Comprendes lo que te quiero decir? Nosotros sobrevivimos donde otros mueren”.

Sahara comprendía claramente que Jack quería tener a esa tía lo más lejos de él posible. Y que “esa tía” lo quería tener lo más cerca posible. Puede que Sahara no tuviera ningún don ni nada, pero no era idiota. Irina usaría al chico si podía, y lo mataría en cuanto se le fuera de las manos. Jack no quería correr ese riesgo.

En ese momento Jack se sentía más que abrumado. Frente a él la mirada escrutadora de una demente que no podía dejar de pensar en la muerte cada vez que le miraba. A su lado una fría mujer a la que le era totalmente indiferente su sino, si bien ambos sabían que era la única capaz de pararle los pies a Irina. De vez en cuando pasaba una bella azafata portando una bandeja de agua, o con alguna almohada o manta, que los de su especie fingían usar.

Una de ellas era pelirroja, y tenía las pestañas más bonitas que Jack había visto en su vida. Cerró los ojos un segundo e intentó imaginarse cómo sería despertar con una chica así a su lado de nuevo. Lo siguiente que se le ocurría siempre era la manera más atroz de asesinarla de forma que la sangre brotara por todas partes. Se sacudió esos pensamientos un segundo y abrió los ojos de nuevo. Irina y su mirada seguían allí, esperándole.

“No te sientas solo, Jack, somos un montón de gente”, Sahara seguía mirando por la ventana, distraída pero escuchando. “Incluso hay muchos de tu rango que les han dejado vivir. La mayoría trabajan para mí en La Madriguera. Soy una versión de Shindler con tetas”.

“¿Así que ahora tengo una vida eterna para ser tu esclavo?”, sabía que tenía que haberse reprimido el comentario. O no. Ahora más que nunca no tenía nada que perder.

“Te encantará trabajar para mí. Hay un montón de cosas distintas que hacer, y todas molan un montón. Siempre dejo que mis esclavos elijan lo que más les gusta, se vuelven más eficientes”.

Jack no tenía forma de contestar más que con un profundo suspiro. Su corazón empezaba a ralentizarse. Ya había consumido casi toda la sangre que había bebido la noche anterior. No le quedaban fuerzas mentales para luchar. “Habrá un montón de sangre de calidad, y podrás beber cuanto quieras. Si te gusta que te muerdan, puedes hacerte donante, y si te gusta follar –bueno, ¿a quién no, verdad?- hasta que no puedas más”.

“¿Qué coño es ese sitio?”

“El club social más selecto del planeta. Y te puedo garantizar que es verdad. Es un lugar secreto donde los de nuestra especie pueden ir a desquitarse de todo lo que el camuflaje entre los humanos conlleva. Pueden hacer lo que quieran, menos matar: me gusta cuidar a mis empleados”. A Jack empezaba a darle vueltas la cabeza, Irina no para de hablar. “Hay donantes humanos, y donantes como tú. Por cierto, yo elegiría ser donante porque al resto les obligan a beber sangre de cerdo. La Emperatriz Laura no quiere correr el riesgo de que os hagáis muy fuertes”.

“¿Y de dónde sacáis a los humanos?, ¿lo secuestráis?”, Jack empezaba a hiperventilar. Sahara reconoció los signos. La ansiedad de la primera sed después de la sangre humana. Lo había visto varias veces en los últimos años. Sin embargo, se mantuvo en silencio.

“Me ofendes profundamente, pequeño Jack. Mis humanos son 100% serviciales y ofrecen su sangre voluntariamente, además de otros servicios”. A pesar del malestar, Jack consiguió poner cara de escepticismo. “Te lo juro. Les hago horarios compaginables con sus vidas diurnas, les doy suplementos de vitaminas… Los cuido un montón. Y no me piden nada a cambio”. Irina soltó una carcajada, o algo parecido a, y Jack pudo ver todas las venas de su cuerpo palpitar.

“¿Qué?”, sólo atinó a decir.

“De verdad no lo sabes aún”. Doblado por el dolor y la sed, lo cierto era que a Jack no le importaba lo que fuera que Irina iba a decir. Igualmente ella le contestó. “Cuando un okora se acuesta con un humano, entra en él completamente. Lo posee. Puede saber dónde está siempre que quiera, hacerle venir hasta él, leer sus pensamientos, controlar su voluntad… Sólo un poquito”.

El pánico se apoderó de Jack a la vez que el mundo se convertía para él en respiraciones lejanas, y venas palpitantes. “Joder, no me digas que te acostaste con Beatriz. ¿Así fue como logró convertirte? Creía que no estaba probado si los otonkoras podían hacer eso…” Miró a Sahara buscando una respuesta. La otra seguía ignorándola.

“Bueno, lo que yo quería explicarte”, siguió con su monólogo mientras Jack se perdía en la semiinconsciencia, “es que yo soy capaz de entrar en la mente de las personas sin tener que acostarme con ellas. Incluso en la de los nuestros. Mi poder es ilimitado”.

A Jack le quedó claro el mensaje de la rubia: “ten cuidado conmigo”. Lo que no captó fue la ansiedad en la voz de Irina, el miedo interior a que la descubrieran; la ansiedad ante la posibilidad de que alguien pudiera pensar que no lo tenía todo bajo control. Su aura le estaba gritando aquello a Jack, aunque el dolor le impedía concentrarse lo suficiente para leerlo. Sahara sí lo vio.

“¡Se desarrolla! Es como un músculo, tienes que ejercitarlo. Lo de tu don… puedes llegar a mucho. Y es un paso importante para la especie”.

“¿Por qué?”, Jack hacía rato que estaba en el infierno.

“Eres especial, y has demostrado que tu rango también es valioso, que puede ser especial. Algún día la Emperatriz firmará un acta que permita que nazcáis y viváis libremente, y tú podrás decir que fuiste el detonante que llevó a esa firma. Seguro que muchas se bajan las bragas al oírlo”. Jack asintió sin llegar a asimilar nada de lo que le había dicho, y se excusó.

Se fue al baño, donde intentó luchar solo contra el dolor. Se retorcía, y cada movimiento lo hacía más insoportable. Cada segundo parecía que iba a ser el último, soñó con que colapsaría. Pero al dolor sólo le siguió más dolor. Tenía que haber preguntado por las debilidades de su especie, para poder acabarlo. Antes de que pudiera buscar una estaca de madera, un olor llamó su atención. Era la azafata pelirroja.

A unos metros, en la parte de los asientos. Sahara ignoraba a Irina, e Irina miraba a Sahara. Hasta que el olor a sangre hizo que ambas olvidaran las presencia de la otra por un instante. Y entonces el dolor de Jack cesó.

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